Pero había una expresión que repetía constantemente:
La hora del silencio.
Según ella, los niños tenían que aprender a controlar sus emociones sin que los adultos acudieran a consolarlos.
Mateo ya me había contado que su abuela encerraba a Lucía en un pequeño cuarto cuando lloraba.
Yo cometí el peor error de mi vida.
No le hice caso.
—Tu abuela es estricta, hijo, pero no quiere hacerles daño —le había respondido.
Ahora mi niño me miraba desesperado.
—Papá, yo te lo dije. Te dije que la abuela hacía cosas feas.
Aquellas palabras me atravesaron.
Rodrigo apareció con las llaves de mi camioneta.
—Vete, compadre. Yo me encargo del trabajo.
Subí a Mateo y conduje hacia nuestra casa tan rápido como pude.
Durante el camino, mi hijo contó algo todavía peor.
—La abuela dijo que Lucía tenía que quedarse ahí una hora. Puso la música muy fuerte para no escucharla y después se fue.