PARTE 1
—¡Aquí no te sientas! Primero atiendes a los hombres y, si queda comida, comes en la cocina. ¡Para eso eres la nueva esposa de mi hijo!
Mi suegra pronunció aquellas palabras delante de cuarenta familiares, justo cuando yo estaba a punto de llevarme el primer bocado a la boca.
Miré a Eduardo, mi esposo desde hacía menos de veinticuatro horas. Esperaba que dijera algo para defenderme, pero se limitó a señalarme la puerta de la cocina.
—Hazle caso a mi mamá, Mariana. No empieces con tus dramas.
En ese instante comprendí que había cometido el error más grande de mi vida.
Todo había comenzado aquella misma mañana, a las cinco.
Me levanté antes del amanecer para ir a la Central de Abasto de la Ciudad de México. La familia de Eduardo había organizado una comida para celebrar nuestra boda religiosa del día anterior.