O, mejor dicho, yo había terminado organizándolo todo.
Gasté casi dieciocho mil pesos de mis ahorros en carne para preparar barbacoa, camarones, verduras, arroz, bebidas y los ingredientes para un enorme pastel.
No me preocupaba el dinero. A mis veintinueve años tenía tres boutiques de ropa que había levantado trabajando desde que terminé la universidad.
Lo que quería era empezar mi matrimonio con el pie derecho.
A las seis y media llegué a la casa de mis suegros, en Azcapotzalco. Nadie estaba despierto.
Metí las bolsas, me puse un mandil y comencé a cocinar.
Preparé el adobo, puse la carne al fuego, limpié los camarones, hice arroz rojo y corté verduras para las ensaladas.
A las ocho y media apareció doña Elvira, mi suegra.
—Procura que todo quede bien. En esta familia somos muy exigentes con la comida.
Ni siquiera me preguntó si había desayunado.