Poco después bajó Fernanda, la hermana menor de Eduardo. Sacó un yogur del refrigerador y se fue a mirar videos en su teléfono.
A las diez apareció mi esposo.
—Apúrate, amor. Mi tío Raúl viene con gente importante. No quiero que hagamos el ridículo.
Le pedí que acomodara las mesas.
—Ahorita voy.
Nunca volvió a ayudarme.
A la una comenzaron a llegar los invitados. Mientras Eduardo recibía felicitaciones y presumía nuestra boda, yo corría entre la cocina y el comedor cargando charolas.
Cuando terminé de servir, tenía los pies adoloridos y la blusa empapada de sudor.
Me quité el mandil, me lavé las manos y busqué un lugar junto a mi esposo.
Entonces escuché aquella humillación.
Doña Elvira explicó que los hombres y los mayores ocupaban las mesas principales, mientras las mujeres debían servir primero y sentarse aparte.