PARTE 1
—¡Ese niño no es hijo mío, Rocío! ¡Y no pienso seguir manteniendo a un enfermo que seguramente tuviste con otro hombre!
Mi esposo, Iván, gritó esas palabras frente a nuestro hijo de cinco años. Emiliano estaba sentado en la mesa de la cocina, abrazando su osito de peluche. Cuando escuchó a su padre, levantó la mirada y preguntó con una inocencia que todavía me rompe el corazón:
—Mamá, ¿papá ya no me quiere porque estoy enfermito?
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
Me llamo Rocío, y durante años creí que el peor dolor de mi vida sería escuchar el diagnóstico de mi pequeño. Me equivoqué. Lo verdaderamente insoportable fue descubrir que el hombre con quien había formado una familia era capaz de darle la espalda a su propio hijo.
Conocí a Iván cuando tenía veintitrés años. Él era cinco años mayor, trabajaba como contador y parecía un hombre responsable. Su madre, doña Ofelia, me recibió con una amabilidad que entonces confundí con cariño.