—Tú eres la mujer que mi hijo necesita —me decía mientras me enseñaba a preparar sus platillos favoritos.
Nos casamos y nos instalamos en la casa de ella. Yo trabajaba como maestra de inglés en una secundaria y ahorraba cada peso porque soñaba con tener nuestro propio hogar.
Pero había algo que no comprendí hasta demasiado tarde: Iván no tomaba ninguna decisión importante sin consultar primero a su madre.
Cuando cumplimos cinco años de matrimonio, descubrí que estaba embarazada.
Esperaba que doña Ofelia saltara de alegría. Siempre hablaba de cuánto deseaba tener nietos.
Sin embargo, su primera reacción fue preguntarme:
—¿Y quién te autorizó a embarazarte?
Pensé que estaba bromeando. No lo estaba.
Desde aquel día comenzó a tratarme como una intrusa. Criticaba mis horarios, mi trabajo y hasta la comida que preparaba. Cuando le pedí a Iván que compráramos una casita con nuestros ahorros, respondió: