—Mi madre se sacrificó toda su vida por mí. No voy a abandonarla por tus caprichos.
Cuando nació Emiliano, mi suegra pareció cambiar. Lo cargaba, presumía sus fotografías y lo llamaba su príncipe.
Pero aquella ternura desapareció cuando el niño cumplió tres años.
Emiliano empezó a sufrir episodios en los que perdía el conocimiento. Después de varios estudios, los médicos diagnosticaron una forma de epilepsia infantil cuyo origen todavía debían investigar. Nos explicaron que podría necesitar tratamiento durante muchos años y que existía la posibilidad de un componente hereditario.
Yo estaba aterrada, pero dispuesta a hacer cuanto fuera necesario.
Iván, en cambio, empezó a escuchar las insinuaciones de su madre.
—En nuestra familia nadie ha tenido esa enfermedad —repetía doña Ofelia—. Pregúntate de dónde la sacó.
Poco a poco, mi esposo dejó de acompañarnos a las consultas. Después dejó de abrazar a Emiliano.