Finalmente, aquella noche, anunció que debíamos marcharnos.
—Tienen hasta el domingo para desocupar la casa —sentenció.
Mi hijo se acercó a él con su osito.
—Papá, prometo portarme bien. ¿Así podemos quedarnos?
Iván apartó la mirada.
Lo abracé para que no viera mis lágrimas.
Entonces doña Ofelia apareció en la puerta, cruzó los brazos y pronunció una frase que me heló la sangre:
—No le prometas nada al niño, Rocío. Iván ya tiene otra mujer esperándolo. Y esa sí podrá darle una familia de verdad.
PARTE 2
Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.
—¿Otra mujer? —pregunté, mirando a Iván—. ¿De qué está hablando tu madre?
Él no respondió. Se limitó a bajar los ojos.
Doña Ofelia sonrió con una tranquilidad que me revolvió el estómago.
—Se llama Alejandra. Es una muchacha trabajadora, sin complicaciones. Mi hijo también tiene derecho a ser feliz.