—¿Desde cuándo?
—Eso ya no importa —intervino Iván—. Nuestro matrimonio terminó hace mucho. Lo único que falta es que lo aceptes.
Aquella noche no dormí. Emiliano descansaba junto a mí, mientras yo pensaba cómo conseguir un lugar donde vivir, pagar sus medicamentos y volver a trabajar sin descuidarlo.
A la mañana siguiente, cuando Iván salió, enfrenté a mi suegra.
—Quiero saber por qué lleva años diciendo que Emiliano no es hijo de Iván.
Doña Ofelia dejó su taza de café sobre la mesa.
—Porque conozco la verdad.
Entonces me contó algo que jamás había escuchado durante nuestro matrimonio.
Cuando Iván era adolescente, había sufrido paperas con complicaciones. Según ella, un médico le advirtió que la enfermedad podía afectar su fertilidad.
—Mi hijo no puede tener hijos —aseguró—. Por eso supe desde tu embarazo que estabas engañándolo.