Parte 1. La visita del abuelo
Lavaba ropa ajena en el patio y el jabón me ardía entre las grietas de las manos. Leo se aferraba a mis piernas, con la camiseta pegada al cuerpo por el calor. El sol caía de lleno sobre el tendedero y el aire olía a detergente barato. Yo contaba las prendas que faltaban por tallar. Cada camisa planchada era un poco de leche y un poco de fruta para Leo.
Vivíamos en un departamento pequeño en las afueras de Puebla, con paredes manchadas de humedad. El ventilador giraba con un quejido cansado y, cuando llovía, poníamos cubetas bajo las goteras. Por las noches yo movía el colchón de Leo para que no se mojara. La cocina era tan estrecha que apenas cabían dos personas de pie. Muchas veces yo comía arroz y frijoles para que Leo tomara leche fresca.