La casa que me robaron

Ricardo, mi esposo, supuestamente trabajaba como supervisor de obra en Monterrey. Llegaba a casa una vez cada varias semanas, siempre con la misma promesa en los labios. Me decía que aguantara un poco más, que estaba ahorrando para darnos algo bonito. Yo le creía porque necesitaba creer que tanta ausencia tenía sentido. Me mandaba fotos de tortas baratas y de cuartos compartidos con otros obreros.

Yo me sentía orgullosa de tener un esposo tan trabajador y tan dispuesto a sacrificarse. Para ayudar con los gastos, lavaba y planchaba ropa de algunos vecinos. Había dejado la escuela de diseño de modas cuando nació Leo, por falta de dinero. A veces, mientras planchaba una blusa ajena, imaginaba los vestidos que habría diseñado. Luego volvía al vapor, al agua caliente y a mis manos agrietadas.

Los vecinos me pagaban poco y tarde, pero con eso completaba la renta y la comida. No le contaba a Ricardo todos los detalles de mis días, para no preocuparlo. Entonces apareció mi abuelo Armando, sin aviso, en una camioneta negra con su chofer. El vecindario se asomó para ver a aquel hombre elegante. Era dueño de una constructora y mi mayor protector desde la muerte de mi madre.

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