Después de mi boda, nuestras visitas se hicieron cada vez más escasas y distantes. Ricardo decía que mi abuelo lo veía por encima del hombro y que debíamos salir adelante solos. Yo, por no crear un conflicto, dejé que la distancia creciera entre ellos. Aquel día entendí el costo de ese silencio. Cuando mi abuelo entró, vio el colchón de Leo y mis manos en carne viva.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y se quedó en la puerta, sin saber dónde poner los pies. Miró la cubeta con agua sucia, la ropa tendida y mi plato de arroz a medias. Me preguntó por qué vivía allí, con una voz que temblaba. Yo le conté las deudas, el trabajo de Ricardo y nuestros planes de comprar una casa. Le hablé como si la pobreza fuera una etapa que debíamos cruzar con paciencia.