Mi abuelo se llevó una mano al pecho y me preguntó si Ricardo me había dicho que no teníamos dónde vivir. Yo le respondí que sí, pero que él hacía todo lo posible por sacarnos adelante. Entonces mi abuelo dijo una grosería que nunca le había escuchado decir. No era solamente enojo, era dolor de abuelo y sensación de engaño. Me miró fijamente, como si quisiera que entendiera la gravedad de lo siguiente. Luego salió a la camioneta por una carpeta guardada con cuidado.
Sacó la carpeta y me mostró una fotografía de una casa enorme, con jardín y ventanales altos. La entrada era de piedra y la casa parecía sacada de un sueño imposible. Me dijo que se la había comprado a Leo y a mí hace dos años. Había pagado doce millones de pesos y Ricardo le aseguró que ya nos habíamos mudado. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y apenas pude sostener la foto.