La casa que me robaron

Le repetí que yo nunca había visto esa casa en mi vida, ni sabía que existía. Mi abuelo cerró la carpeta lentamente, como si pudiera contener también el daño. Me entregó una dirección escrita en un papelito, con letra firme pese al temblor de sus dedos. Me pidió silencio y que primero averiguara quién vivía allí. Guardé el papelito en mi delantal, doblado con cuidado para que no se mojara.

Esa noche, mientras acostaba a Leo, no pude dejar de ver la casa en mi mente. Me preguntaba quién dormía en las habitaciones que debían ser nuestras y quién regaba aquel jardín. El departamento olía a jabón y a humedad, y cada gota del techo recordaba nuestra distancia. Cuando el teléfono sonó, supe que era Ricardo y contesté con el corazón acelerado. Apareció con una camiseta desgastada y dijo que acababa de terminar un turno brutal.

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