La casa que me robaron

Me habló con voz cansada y aseguró que aquel día ni siquiera había comido decentemente. Yo lo escuchaba con atención nueva, como si pudiera oír el doble fondo de sus frases. Le pregunté por Monterrey, por sus compañeros y por su cuarto compartido, y él respondió con detalles vagos. Esa prisa, que antes confundía con cansancio, ahora me parecía nerviosismo puro. Mientras hablaba, noté algo extraño en sus lentes y el corazón se me aceleró.

Ricardo se puso nervioso, apartó el teléfono de golpe y trató de cambiar de tema. Ya era tarde para mí, porque la duda se instaló con una fuerza imposible de ignorar. Escuché reír a una mujer al fondo, una risa clara que no encajaba con ningún cuarto de obreros. Supe entonces que aquella llamada iba a marcar el fin de mi historia. En el reflejo de sus lentes apareció una lámpara de cristal y, detrás de él, una mujer rio y levantó una copa de vino con una pulsera de oro en forma de serpiente, la misma que mi madre me dejó antes de morir.Parte 2. La casa de la dirección

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