En cuanto amaneció, con Leo todavía dormido, llamé a mi abuelo y le conté la videollamada. Le hablé de la camiseta desgastada de Ricardo y de su excusa de no haber comido bien. Luego le describí la risa de la mujer, la copa de vino y la pulsera de serpiente. Mi abuelo se quedó en silencio varios segundos, un silencio largo y pesado. Por fin respondió con una calma que me heló más que cualquier grito.
Me dijo que Ricardo no solo me era infiel, sino que también le había estado robando a él. Aquella frase convertía un dolor íntimo en un delito mucho más grande. Yo tuve que sentarme para no caer, mientras Leo respiraba tranquilo en su colchón. Nos encontramos en su camioneta antes de que el sol calentara del todo. Llevaba el papelito en mi mano y él guardaba la fotografía en su carpeta.