Durante el trayecto apenas hablamos, porque yo miraba por la ventana sin ver realmente el camino. Trataba de imaginar qué vida podía existir detrás de una dirección escrita a mano. Mi abuelo repasaba documentos y murmuraba cifras que yo no terminaba de entender. Me contó que la casa fue comprada para Leo y para mí, con total confianza. Nunca verificó nuestra mudanza porque no quiso interferir en mi matrimonio.
Yo sentí culpa y rabia al mismo tiempo, culpa por la distancia y rabia por cada excusa creída. Leo se quedó con una vecina de confianza, y agradecí no tener que explicarle mi temblor. Cada calle nos acercaba a una verdad que temía confirmar, pero que necesitaba ver. Cuando llegamos a la calle indicada, el barrio cambió por completo ante mis ojos. Sentí que cruzábamos una frontera invisible entre dos mundos distintos.
Las banquetas estaban limpias, los árboles daban sombra pareja y los jardines se veían regados cada día. El aire ya no olía a humedad, sino a pasto recién cortado y a calma. Yo apreté el papelito hasta arrugarlo, mientras cada número coincidía con lo escrito. Mi abuelo disminuyó la velocidad y yo respiré hondo antes de mirar. Al doblar la esquina, la casa apareció exactamente como en la fotografía.