La casa que me robaron

Tenía un jardín amplio, ventanales altos y una entrada de piedra bajo la luz. Me quedé mirándola con la boca seca, repasando cada detalle para no confundirla. El jardín estaba cuidado, con arbustos recortados y flores plantadas con esmero. Las ventanas reflejaban el cielo, como si la casa estuviera orgullosa de sí misma. Sentí un nudo al pensar en nuestras noches entre goteras y cubetas.

Dentro del estacionamiento había un automóvil semejante al de Ricardo, limpio y brillante. Estaba estacionado con la seguridad de quien llega todos los días al mismo lugar. Mi abuelo lo señaló sin decir nada y yo sentí que las piernas me fallaban. Aquel coche era la prueba silenciosa de que Ricardo no estaba en Monterrey. Bajamos con cautela y caminamos despacio por la banqueta, sin llamar la atención.

Las cortinas estaban corridas a medias, se escuchaba música suave y olía a café recién hecho. Aquel olor doméstico me dolió, porque era la vida que creía construir con Ricardo. Un vecino que regaba sus plantas se acercó con curiosidad y nos preguntó si buscábamos a alguien. Mi abuelo le dijo, con educación, que queríamos confirmar quién vivía allí. El vecino sonrió con naturalidad y nos dio una respuesta que me dejó helada.

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