Nos dijo que allí vivían Ricardo y Camila, un matrimonio próspero mudado hace dos años. Eran vecinos tranquilos, amables y siempre bien vestidos, según sus palabras. Añadió que Ricardo tenía una empresa, viajaba con frecuencia y que Camila cuidaba el jardín. Cada palabra era un golpe seco, porque describía una vida hecha con nuestra casa. Yo tuve que apoyarme en el brazo de mi abuelo para no caer.
Mi abuelo le dio las gracias con voz firme, aunque noté que sus manos temblaban. Nos quedamos un rato más frente a la casa, observando cada movimiento tras las ventanas. Yo pensaba en las tortas baratas, en los cuartos compartidos y en cada mentira ordenada. Pensaba también en Leo, en su colchón húmedo y en su tos nocturna. Mi abuelo me tomó la mano y me pidió calma, porque necesitábamos pruebas.