De pronto, la puerta principal se abrió y el sonido me hizo levantar la cabeza de golpe. Una mujer joven salió al porche con paso seguro y ropa elegante pero cómoda. Se detuvo un instante para mirar el jardín como quien mira algo propio. Yo no necesité que nadie me dijera quién era, porque encajaba en la historia. Su actitud era la de una dueña de casa sin nada que ocultar, y eso dolió.
La mujer nos miró con una sonrisa amable y se acomodó el cabello con la mano. Dejó ver con naturalidad la pulsera que yo reconocí en la videollamada anterior. Era la misma pulsera de oro en forma de serpiente, la de mi madre antes de morir. Ricardo me había convencido de que se perdió durante una mudanza, y ahora brillaba en otra muñeca. Mi abuelo apretó mi brazo para sostenerme, mientras la luz del jardín se volvía intensa. Camila salió a la puerta con la pulsera de serpiente en la muñeca y se presentó como la señora de la casa y esposa de Ricardo.Parte 3. La hipoteca oculta