Mi hijo Ethan le entregó mi asiento reservado a Patricia, su futura suegra, mientras yo corría para alcanzar el tren que nos llevaría a Cancún, donde se celebraría su boda. Yo había pagado los boletos, el salón, buena parte del banquete y casi todos los gastos que iban apareciendo. Llegué apenas tres minutos tarde al vagón. Pero, para mi hijo, esos tres minutos fueron suficientes para quitarme mi lugar y mandarme junto a los baños.
Me llamo Barbara y tengo 61 años. Aquella mañana salí de casa con una maleta, una carpeta azul llena de contratos y una cajita de terciopelo donde llevaba las mancuernillas de Robert, mi esposo fallecido.
Quería entregárselas a Ethan antes de la ceremonia. Robert siempre había dicho que algún día nuestro hijo las usaría en su boda.
En la estación Mérida-Teya caminé tan rápido como pude, con la maleta golpeándome la pierna. Cuando subí al Tren Maya, todavía me faltaba el aire.