PARTE 2: A los 58 años descubrí que todavía estaba a tiempo de empezar de nuevo
No se lo conté a nadie cuando compré el billete para Lisboa.
Esta vez no miré los precios durante tres meses. Lo compré un martes por la mañana, mientras desayunaba, con el pañuelo de seda de Oporto colocado sobre la mesa. Sentí algo que hacía años que no sentía: ilusión.
Cuando Manolo encontró la confirmación del vuelo en el correo electrónico, me preguntó:
—¿Otra vez te vas?
—Sí. A Lisboa.
—¿Y ahora qué? ¿También necesitas estar sola?
Lo miré tranquilamente y le contesté:
—No necesito estar sola de ti, Manolo. Necesito estar conmigo.
No dijo nada, pero durante varios días estuvo más distante de lo habitual.
Laura vino a casa el domingo. Mientras preparábamos el café, me preguntó si de verdad estaba bien.