—Mamá, es que no te reconocemos. Antes nunca hacías estas cosas.
—Precisamente, hija. Antes nunca hacía nada por mí.
Se quedó callada.
Entonces le conté algo que nunca había dicho en voz alta. Que muchas veces, cuando era joven, soñaba con conocer otros países, aprender idiomas y tener una vida llena de experiencias. Pero siempre había una razón para dejarlo para después: primero los niños, después el trabajo, después la casa, después los nietos.
Laura me abrazó y empezó a llorar.
—Mamá, nunca imaginé que te sintieras así.
Le acaricié el pelo.
—Yo tampoco imaginaba que pudiera sentirme así de libre.
El día de mi viaje, Manolo volvió a llevarme al aeropuerto. Esta vez, antes de bajarme del coche, me preguntó:
—¿Y si te echo de menos?
Sonreí.
—Pues puedes llamarme. Pero no me pidas que deje de vivir para que no me eches de menos.