PARTE 2: A los 58 años descubrí que todavía estaba a tiempo de empezar de nuevo

En Lisboa descubrí que todavía podía sorprenderme con cosas pequeñas. Un café en una plaza, una conversación con una desconocida, una calle que no aparecía en el mapa y una puesta de sol junto al río.

Una tarde conocí a Carmen, una española de sesenta y dos años que llevaba viajando sola desde que se había jubilado.

Me dijo algo que no he olvidado:

—Encarna, no has llegado tarde a tu vida. Simplemente has llegado cuando has podido.

Aquella noche lloré otra vez, pero esta vez de felicidad.

Cuando regresé a Granada, Manolo me esperaba con la cena preparada. Había comprado flores y había recogido la cocina.

No fue una transformación milagrosa. Seguía siendo el mismo hombre de siempre, con sus costumbres y sus silencios. Pero aquella noche hablamos durante horas.

Le expliqué que no quería abandonar mi matrimonio, ni a mis hijos, ni a mi nieta. Solo quería dejar de abandonarme a mí misma.

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