En Lisboa descubrí que todavía podía sorprenderme con cosas pequeñas. Un café en una plaza, una conversación con una desconocida, una calle que no aparecía en el mapa y una puesta de sol junto al río.
Una tarde conocí a Carmen, una española de sesenta y dos años que llevaba viajando sola desde que se había jubilado.
Me dijo algo que no he olvidado:
—Encarna, no has llegado tarde a tu vida. Simplemente has llegado cuando has podido.
Aquella noche lloré otra vez, pero esta vez de felicidad.
Cuando regresé a Granada, Manolo me esperaba con la cena preparada. Había comprado flores y había recogido la cocina.
No fue una transformación milagrosa. Seguía siendo el mismo hombre de siempre, con sus costumbres y sus silencios. Pero aquella noche hablamos durante horas.
Le expliqué que no quería abandonar mi matrimonio, ni a mis hijos, ni a mi nieta. Solo quería dejar de abandonarme a mí misma.