Manolo bajó la mirada y dijo:
—Nunca pensé que te sintieras tan sola estando conmigo.
Le respondí:
—No estaba sola porque tú no estuvieras. Estaba sola porque me había olvidado de mí.
Hoy sigo viviendo en el mismo piso del Zaidín. Sigo preparando comidas familiares y disfrutando de mi nieta. Pero ahora tengo algo diferente: un pequeño cuaderno donde apunto todos los lugares que quiero conocer.
Mi próximo destino será Roma.
Y esta vez, cuando alguien me pregunte con quién voy, responderé lo mismo:
—Voy conmigo.
Porque he tardado cincuenta y ocho años en entender que ser esposa, madre y abuela es maravilloso, pero ninguna de esas cosas debería obligarme a dejar de ser mujer, persona y dueña de mi propia vida.
Nunca es tarde para empezar a pertenecerte a ti misma.
Y si alguien piensa que estás pasando por una crisis porque has decidido ser feliz, quizá lo que necesita cambiar no eres tú, sino la forma en que siempre te han visto.