PARTE 1
—¡Ochenta millones de pesos! ¡Acabas de hacerme perder ochenta millones por ser una inútil!
Mi esposo, Héctor Salgado, gritó tan fuerte que pensé que los vecinos del edificio entero iban a escucharlo. Después tomó el antiguo frutero de cristal que estaba sobre la mesa y lo estrelló contra el piso.
El sonido me atravesó el pecho.
Aquel frutero había pertenecido a mi abuela. Era lo único que conservaba de la casa donde crecí antes de casarme.
Héctor lo sabía perfectamente.
Por eso lo había roto.
—Te pedí una sola cosa, Verónica —continuó, acercándose con el rostro rojo—. Revisar tres miserables páginas mientras yo preparaba mi viaje. ¿Ni siquiera eso puedes hacer bien?
Me quedé junto a la barra de mármol de nuestra cocina, en un lujoso departamento de Guadalajara.
Tenía cuarenta y dos años. Llevaba dieciséis casada con aquel hombre.