Y durante todo ese tiempo había aprendido que, cuando Héctor se enfurecía, cualquier palabra podía empeorar las cosas.
—Bernardo preparó los documentos —respondí—. Te advertí que había cifras que no coincidían. Incluso te pedí que los revisara un abogado.
—¡No metas a Bernardo en esto! ¡Él es mi contador de confianza!
—Entonces pregúntale por qué modificó los costos después de la última revisión.
Héctor golpeó la barra.
—¡Porque tú no entiendes nada de negocios!
Me observó con el desprecio que había perfeccionado durante años.
—Yo construí esta empresa desde cero. Yo pago este departamento, tu ropa y hasta el aire que respiras. Tú solamente te dedicas a estar aquí, sin hacer nada.
Aquellas palabras ya no me sorprendían.
Cuando nos conocimos, yo acababa de terminar una maestría en Economía. Tenía una oferta para trabajar en una consultora financiera.