Héctor me pidió que la rechazara.
«No necesitas trabajar, mi amor. Yo me encargo de todo. Tú encárgate de nuestra familia».
Al principio parecía amor.
Después se convirtió en una jaula.
Dejé mi profesión, mis amistades y hasta mis propias cuentas bancarias. Héctor administraba todo y me entregaba dinero cuando consideraba necesario.
Y ahora me decía que nunca había hecho nada.
—No soy tu empleada, Héctor —contesté—. Soy tu esposa.
Soltó una carcajada amarga.
—Una esposa debería aportar algo. Tú eres una carga que llevo manteniendo dieciséis años.
Entonces pronunció las palabras que cambiaron mi vida.
—Tienes una hora para largarte de mi casa.
Lo miré sin responder.
—¿No escuchaste? ¡Fuera! Y no se te ocurra llevarte mis joyas, mis tarjetas ni mi camioneta. Te vas exactamente como llegaste: sin un peso.
Esperaba verme llorar.
Quizá también esperaba que me arrodillara para pedirle perdón.