El Secreto del Convento

—No lo sé. Ella lo consiguió de alguien. Pero me dijo… me dijo que si encontraban el mensaje, que les dijera que buscaran en la capilla del convento. Detrás del altar. Hay una piedra suelta.
—¿Qué hay detrás de esa piedra?
La madre superiora guardó silencio por un momento largo. —El pecado de nuestra fundadora. El pecado que ha mantenido este convento en pie durante trescientos años.
Fonseca colgó. Miró a Camilo. —Tenemos que ir al convento.
—¿Ahora? ¿En la madrugada?

—Ahora.
Manejaron en silencio por las calles vacías de Puebla. El convento se alzaba al final del camino, oscuro y silencioso, como una sombra gigante contra el cielo nocturno.
La madre superiora los esperaba en la entrada. Su rostro estaba pálido, sus manos temblaban.
—Vengan —dijo, y los guio por los pasillos oscuros hasta la capilla.
Era una capilla pequeña, con velas encendidas y un altar de madera tallada. La madre superiora caminó hasta detrás del altar. Se arrodilló. Movió una piedra del suelo.
Fonseca se acercó. Dentro del hueco había una caja de metal oxidada. La sacó con cuidado. La abrió.

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