El Secreto del Convento
Dentro había un diario. Las páginas estaban amarillas por el tiempo. Y en la primera página, escrito con tinta descolorida:
“Yo, Madre María de la Concepción, fundadora de este convento, confieso mi pecado. En 1723, vendí mi alma para proteger a estas mujeres. El precio fue un pacto. Cada treinta años, una de nosotras debe morir para renovar el pacto. Si el pacto se rompe, todas moriremos. Y lo que está enterrado debajo de este convento… despertará.”
Fonseca sintió que el suelo se movía bajo sus pies. —¿Qué está enterrado aquí?
La madre superiora no contestó. Solo señaló el suelo de la capilla.
Fonseca se arrodilló. Pegó el oído al suelo de piedra.
Y lo escuchó.
Un latido. Lento. Profundo. Como si algo enorme estuviera durmiendo debajo de ellos.
—Hermana Lucía —susurró la madre superiora—, era la elegida para este ciclo. Pero ella descubrió la verdad. Descubrió que el pacto no era con Dios. Era con algo más antiguo. Algo que vive debajo de esta tierra desde antes de que llegáramos.
—¿Y qué pasa si no se renueva el pacto? —preguntó Fonseca.