PARTE 1
—Si mi mamá quiere celebrar sus sesenta años como una reina, se los voy a pagar aunque tengamos que empezar de cero.
Eso fue lo último que Rodrigo me dijo antes de cerrar la puerta del departamento y salir con la tarjeta que yo guardaba para emergencias.
Me quedé inmóvil en la cocina. La tarjeta estaba ligada a una cuenta de ahorro a mi nombre donde había un millón quinientos cincuenta mil pesos. Durante casi cinco años habíamos dicho que ese dinero sería para el enganche de una casa en Querétaro y para tener un colchón si algún día decidíamos formar una familia.
La mayor parte la había ahorrado yo con bonos, aguinaldos y horas extra.
Su mamá, Yolanda, sabía que ese dinero existía.
Y desde que lo supo, empezó a verlo como una extensión de la cartera de su hijo.
Un mes antes había pedido cuarenta mil pesos para “arreglar el techo” y poco después apareció con un comedor nuevo. Luego fueron quince mil para unos estudios médicos y terminó subiendo fotos desde Valle de Bravo.
Cada vez que yo reclamaba, Rodrigo repetía:
—Es mi mamá, Daniela. No voy a dejarla sola.
Esa mañana me explicó que el regalo que habíamos acordado —un fin de semana en un spa— ya no era suficiente.
—Van a venir mis tíos de Puebla, mis primos de Guadalajara y amigas de mi mamá. No podemos llevarlos a cualquier fondita.
—¿Cuánto cuesta el restaurante?
—Dejaron un depósito de cien mil.
Sentí que el café se me atoró.
—¿De dónde salió?
Rodrigo evitó mirarme.
—Tomé la tarjeta del ahorro.
—Esa tarjeta es adicional. Te la di para una emergencia.
—También es mi dinero.
—No para gastarlo sin preguntarme.
Tomó las llaves y respondió:
—Mi mamá no va a quedar como una pobre delante de toda la familia solo porque tú eres obsesiva con el dinero.
No le marqué. Abrí la aplicación del banco.
A las 12:14 aparecía el cargo de cien mil pesos del Restaurante Mirador de Chapultepec.
Llamé al banco y confirmé algo que Rodrigo nunca había querido entender: la cuenta estaba únicamente a mi nombre; él solo era usuario de una tarjeta adicional.