Transferí el resto del ahorro a otra cuenta personal y dejé el límite de su tarjeta en cero.
A las seis regresé a casa y empecé a guardar su ropa en cajas. El departamento era mío desde antes de casarnos. Estábamos por separación de bienes y no teníamos hijos.
A las 7:21 llegó su mensaje:
“Amor, la tarjeta está fallando. Súbele el límite. Ya trajeron la cuenta.”
No respondí.
Tres minutos después llegó otro:
“Son $286,400. No empieces con tus cosas. Hay gente esperando.”
Leí la cifra tres veces.
A las 7:27 sonó mi teléfono.
Era Yolanda.
—Daniela, deja de hacerte la importante y autoriza la tarjeta. Aquí hay gente decente.
Miré las seis cajas con las cosas de su hijo.
—¿Quién les dijo que podían cenar por casi trescientos mil pesos con mis ahorros?
Escuché a Rodrigo al fondo:
—Dile que deje de hacerse la dueña. Ese dinero también es mío.
Entonces Yolanda soltó la frase que terminó de romper algo dentro de mí:
—Si eres su esposa, tu obligación es ayudarlo a quedar bien con su madre. Para eso también sirve una mujer.
Apreté el teléfono.
Todavía no sabían lo que yo había hecho con el resto del dinero… ni lo que iba a descubrir esa misma noche.