PARTE 2 / Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después

Por primera vez desde su arresto, Alejandro lloró.

No por Valeria.

No por la quemadura.

No por el daño que había causado.

Lloró porque su hermana lo había traicionado antes de que él pudiera traicionarla.

El proceso duró varios meses.

Valeria declaró una sola vez.

Entró al tribunal con una cicatriz tenue en la mejilla izquierda y una serenidad que Alejandro no reconoció.

Él la observó desde el otro lado de la sala.

Había adelgazado.

Llevaba un traje barato.

Ya no parecía el hombre encantador que conquistaba habitaciones enteras con su sonrisa.

Parecía pequeño.

Cuando Valeria terminó su declaración, Alejandro pidió hablar con ella.

—Solo cinco minutos —suplicó a través de su abogado—. Necesito pedirle perdón.

Valeria rechazó la solicitud.

No necesitaba escuchar una disculpa nacida del miedo.

El juez dictó medidas de reparación económica, restricciones permanentes de contacto y una condena de prisión para Alejandro por la combinación de delitos acreditados.

Rebeca recibió una pena menor después de colaborar, pero también perdió el departamento que había comprado con dinero robado. La propiedad fue asegurada para cubrir parte de la reparación del daño.

La madre de Alejandro vendió su automóvil para pagar abogados.

Ninguno de los amigos que antes llenaban sus fiestas apareció durante el juicio.

Meses después, Valeria regresó al departamento de Polanco.

Había cambiado las cerraduras.

También cambió las paredes, los muebles y la mesa del comedor.

La cocina fue renovada por completo.

No porque necesitara hacerlo, sino porque no quería volver a ver el lugar donde Alejandro había lanzado la taza.

Una tarde, mientras acomodaba libros en una repisa, encontró una pequeña caja dentro de un cajón.

Era el estuche del anillo de bodas.

Lo abrió.

Estaba vacío.

Mariana había llevado el anillo a una casa de subastas por petición de Valeria. El dinero obtenido se destinó a una organización que ayudaba a mujeres víctimas de violencia doméstica.

Valeria cerró la caja y la tiró a la basura.

Luego se acercó a la ventana.

Desde allí podía ver la ciudad extendiéndose bajo la luz del atardecer.

Su rostro todavía conservaba una marca casi invisible.

No intentó ocultarla.

Aquella cicatriz no era un recuerdo de la mañana en que Alejandro la había destruido.

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