
Parte 1
A las 2:17 de la madrugada, mi hija de 9 años me llamó desde un hospital y me dijo algo que partió mi vida en 2.
—Papá… mamá cerró la cortina mientras me estaban lastimando.
Me levanté tan rápido que la silla cayó detrás de mí.
Llevaba casi 8 meses trabajando como coordinador de seguridad en una obra energética cerca de Monterrey.
Faltaban apenas 2 días para que terminara mi contrato y pudiera regresar a Guadalajara.
Cuando vi el nombre de Valeria en la pantalla pensé que había tenido una pesadilla.
Entonces escuché su respiración.
Corta.
Dolorosa.
Como si cada bocanada de aire le costara demasiado.
—Valeria, dime dónde estás.
—En el hospital, papá.
Sentí que el piso desaparecía debajo de mis pies.
—¿Qué pasó?
Hubo un silencio.
Después escuché un sollozo.
—Fueron el tío Rodrigo y el tío Esteban.
Eran los hermanos de mi exesposa, Verónica Alcázar.
Durante años había aprendido a no reaccionar impulsivamente cuando escuchaba ese apellido.
Los Alcázar eran una de esas familias de Guadalajara que no necesitaban presumir poder porque todo el mundo sabía que lo tenían.
Constructoras.
Transportistas.
Bodegas.
Terrenos.
Préstamos privados.
Amistades con funcionarios.
Fotografías en cenas de beneficencia.
Donaciones a campañas locales.
El padre de Verónica, Arturo Alcázar, tenía suficiente dinero para hacer que muchas personas confundieran obediencia con respeto.
Pero aquella madrugada me importaba una sola cosa.
Mi hija.
—¿Dónde está tu mamá?
Valeria comenzó a llorar.
—Estaba viendo.
Apreté el teléfono.
—¿Viendo qué?
—Me llevaron al garaje porque tiré refresco sobre los zapatos del tío Rodrigo.
Cerré los ojos.
—Sigue hablando conmigo.
—Rodrigo sacó una barra de metal de su camioneta.
Mi garganta se cerró.
—¿Y tu mamá?
Valeria respiró con dificultad.
—Yo gritaba su nombre.
Esperé.
—Ella estaba arriba.
—¿Te vio?
—Sí.
Lo siguiente lo dijo tan bajito que tuve que presionar el teléfono contra mi oído.
—Me miró… y cerró la cortina.
Una enfermera tomó el teléfono segundos después porque Valeria comenzó a hiperventilar.
No recuerdo haber guardado mi ropa.
No recuerdo el trayecto al aeropuerto.
No recuerdo haber dormido.
Solo recuerdo caminar por el pasillo de un hospital privado en Guadalajara 11 horas después y ver a mi hija detrás de un cristal.