Tenía los 2 brazos inmovilizados.
Una pierna estaba suspendida.
Su rostro tenía moretones.
2 dedos estaban fracturados.
3 costillas también.
El traumatólogo me habló sin rodeos.
—La fractura del fémur fue grave, señor Mendoza.
Me entregó una carpeta.
—Pero lo que más nos preocupa no es solo la recuperación física.
Miré a Valeria.
Parecía demasiado pequeña dentro de aquella cama.
—¿Quién presentó la denuncia?
El médico bajó la voz.
—Ese es el problema.
La policía municipal recibió una versión donde se asegura que su hija cayó desde una escalera exterior.
Lo miré.
—Mi hija acaba de decirme que la golpearon con una barra.
—Lo sé.
Entonces cerró la puerta.
—Y las lesiones tampoco parecen compatibles con una caída.
Aquello confirmó lo que ya sospechaba.
Los Alcázar habían empezado a trabajar antes de que yo aterrizara.
Durante los siguientes 4 días no me separé de Valeria.
Al cuarto día recibí una llamada.
Era Paulina Alcázar, mi exsuegra.
Contesté y activé la grabación automática que mi abogado me había recomendado instalar años atrás durante el juicio por la custodia.
—Por fin apareciste —dijo Paulina.
No respondí.
—Escúchame bien, Javier.
Su voz tenía esa calma desagradable de quien nunca había tenido que pagar por sus amenazas.
—Rodrigo y Esteban no van a pisar una cárcel.
Seguí callado.
—Arturo conoce al fiscal regional, al jefe de policía y a suficientes jueces como para enterrarte en papeles durante 10 años.
Miré a Valeria dormida.
—¿Terminó?
Paulina soltó una risa.
—Llévate a la niña cuando salga del hospital y agradece que Verónica no esté peleando por conservar la custodia.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—¿Eso es todo?
—No.
Su voz cambió.
—Rodrigo está furioso.
Me levanté de la silla.
—¿Por qué?
—Porque la niña abrió la boca.
Paulina hizo una pausa.
—Si conviertes esto en un escándalo, tal vez la próxima vez Rodrigo no se detenga.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla.
Durante unos segundos pensé en ir a la casa de los Alcázar.
Pensé en Rodrigo.
Pensé en mis manos alrededor de su cuello.