En las escaleras se detuvo.
—¿Ya vamos a casa?
—Sí.
—¿A nuestra casa?
La pregunta me hizo detenerme.
Para mí, casa era un lugar.
Para Valeria, esa palabra había llegado a significar miedo.
Secretos.
Puertas cerradas.
Me agaché hasta quedar frente a ella.
—A nuestra casa.
—¿Cómo va a ser?
Pensé en contarle sobre la cocina.
El jardín.
Su nueva escuela.
Su habitación.
Pero nada de aquello era lo importante.
—Va a ser un lugar donde nadie te pida guardar un secreto que te haga daño.
Valeria sonrió.
—¿Y tendrá ventanas grandes?
Sentí un nudo en la garganta.
—Las más grandes que encontremos.
—¿Con cortinas?
—Sí.
Frunció la nariz.
—Entonces yo voy a decidir cuándo se cierran.
Sonreí.
—Trato hecho.
Compramos una casa pequeña a las afueras de Guadalajara.
No tenía alberca.
No tenía mármol.
No tenía el portón enorme de la familia Alcázar.
Pero tenía 3 ventanales enormes en la sala.
Valeria los eligió.
Yo cambié de trabajo para poder estar en casa todas las noches.
Ya no quería construir una vida donde mi hija tuviera que mirar el calendario para saber cuándo volvería a ver a su padre.
A veces todavía despertaba por pesadillas.
A veces preguntaba por Verónica.
Nunca intenté llenarla de odio.
Le expliqué que perdonar, si algún día decidía hacerlo, no significaba regresar al lugar donde alguien había demostrado que no podía protegerla.
Una tarde la encontré sentada junto al ventanal haciendo su tarea.
Había empezado a llover.
Valeria levantó la mirada hacia el cristal.
—Papá.
—¿Qué pasó?
—Creo que ya no me da miedo mirar por las ventanas.
Me quedé en la puerta.
Durante más de 1 año pensé que ganar significaba ver caer a los Alcázar.
Pensé que la justicia era escuchar una sentencia.
Ver unas esposas.
Observar cómo desaparecían los privilegios de quienes habían creído que podían comprarlo todo.
Pero estaba equivocado.
Eso solo había sido el principio.
La verdadera victoria estaba sentada frente a mí con 2 brazos recuperados, una cicatriz en la pierna y un cuaderno abierto sobre las rodillas.