Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

Una niña que finalmente sabía que si alguna vez volvía a gritar pidiendo ayuda, alguien acudiría.

Me acerqué y besé su cabeza.

Valeria volvió a mirar hacia afuera.

La lluvia golpeaba suavemente el vidrio.

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Las cortinas permanecían completamente abiertas.

Y desde aquel día, nadie volvió a cerrarlas por ella.

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