Y una carpeta con el nombre de Tomás.
Adentro había depósitos.
Mensuales.
Grandes.
Mientras yo contaba pesos para comprar gas, Esteban le mandaba dinero a su hijo para que se comprara motos, tenis y viajes a Cancún. Familia
Me reí.
Una risa seca.
No de dolor.
De asco.
Esa noche, cuando le estaba dando de cenar, Esteban me preguntó:
—¿Por qué estás tan callada?
Le limpié la comisura de la boca con una servilleta.
—Estoy cansada.
—Pues descansa cuando yo me duerma.
Lo dijo sin vergüenza.
Como patrón.
Como dueño.
Yo sonreí.
—Sí, Esteban.
Él no notó nada.
Los hombres como él nunca notan cuando una mujer deja de amar. Artículospara hombres
Solo lo notan cuando deja de obedecer.
Durante dos semanas seguí igual.
Le hice sopa.
Le cambié las sábanas.
Lo llevé a terapia.
Sonreí frente a la enfermera.
Y por las noches, mientras él dormía, fui guardando copias.
Audios.
Estados de cuenta.
Mensajes.
Grabé a Tomás diciéndome:
—Cuando mi papá se muera, tú te vas a largar de esta casa. Lugaresde culto
Grabé a Esteban respondiendo:
—Déjala. Mientras me sirva, que se quede.
Conseguí abogada.
Una buena.
De esas que no te acarician la mano, te abren los ojos.
Cuando le puse todo sobre el escritorio, ella solo dijo:
—Brenda, tu esposo no necesita una enfermera. Necesita una demanda.
Ese viernes regresé a casa temprano.
Esteban estaba en la sala, hablando por teléfono con Tomás.
No me oyó entrar.
—No te preocupes —decía—. En cuanto yo falte, la saco. La casa queda para ti.
Me quedé parada detrás de él.
Y por primera vez en cinco años, no sentí tristeza.
Sentí paz.
Apagué la licuadora que sonaba en la cocina.
Esteban volteó.
Su sonrisa se le cayó.
—¿Desde cuándo estás ahí?
PARTE 2
—Desde “mientras me sirva”.
Esteban se quedó inmóvil.
El teléfono seguía pegado a su oreja. Del otro lado, Tomás preguntaba: Equiposde comunicación
—¿Papá? ¿Qué pasó?
Yo caminé hasta la mesa, dejé mi bolsa encima y miré a mi esposo.
A ese hombre al que había bañado cinco años.