El otro hombre se rió.
Esteban siguió:
—Está tan traumada con lo de “en la salud y en la enfermedad” que no se va a ir nunca. La tengo bien amarrada.
Me quedé sin aire.
—¿Y la herencia? —preguntó el hombre.
Esteban soltó otra carcajada.
—Todo para mi hijo, obvio. Para Tomás. Es mi sangre. Brenda solo está cuidando la casa hasta que yo me muera.
Mi pecho se partió.
Tomás.
Su hijo de otro matrimonio.
El mismo que entraba a mi casa sin saludar.
El mismo que dejaba platos sucios y me decía “señora” como si yo fuera empleada.
El mismo por quien Esteban me pedía paciencia.
—Le afectó verme así, Brenda.
Mentira.
A los dos les convenía verme agachada.
Esteban volvió a hablar:
—Además, mientras ella me limpia el trasero, yo no gasto ni un peso. ¿Tú sabes cuánto cobra una enfermera de planta?
El hombre respondió:
—Un dineral.
—Pues yo la tengo por comida y techo.
Ahí murió algo en mí.
No lloré.
No entré a gritar.
No le aventé las conchas en la cara.
Solo di media vuelta y salí del hospital con las piernas temblando.
En el estacionamiento me senté dentro del coche.
Apreté el volante hasta que me dolieron los dedos.
Y dije bajito:
—Se acabó.
Esa noche no fui por él. Trastornosdel sueño
Mandé la ambulancia.
A ese hombre que me había visto dejar de comprar ropa, dejar de salir, dejar de dormir, dejar de existir.
—Cuelga —le dije.
Esteban intentó sonreír.
—Brenda, estás entendiendo mal.
—Cuelga.
No levanté la voz.
Eso fue lo que lo asustó.
Tomás seguía hablando.
—Papá, ¿está ahí la señora? Lugaresde culto
Esteban cortó la llamada.
—No sé qué escuchaste, pero—
—Escuché suficiente.
Me acerqué a él despacio.
La silla de ruedas estaba junto a la ventana. La sala olía a pañal limpio, desinfectante y sopa de verduras. El televisor estaba encendido sin sonido, mostrando un programa de concursos donde todos aplaudían como si la vida fuera justa.
—Brenda, no empieces con dramas.
Me reí.
Una risa chiquita.
Muerta.
—Cinco años limpiándote el cuerpo y todavía crees que mi dolor es drama.
Su cara cambió. EstudiaModelos Anatómicos
—Tú decidiste quedarte.
—Sí. Y hoy decido dejar de servir.
El color se le fue del rostro.
—¿Qué significa eso?