como la de su madre.
Y pensó: eso es.
Esa es la clave.
No el mármol. No el arte. No el ático ni la ciudad que se extendía cuarenta y siete pisos más abajo.
El trabajo en ello.
El quedarse en la puerta cuando se abría.
El presentarse con la fórmula a medianoche cuando no tenía por qué hacerlo, cuando el mensaje ni siquiera iba dirigido a él, cuando la conexión fue un accidente y la decisión fue completamente suya.
Había tomado decisiones más trascendentales en su vida.
Ninguna se había sentido tan acertada.