Daniela se movió rápido.
Primero: respaldo.
Envió el video, el audio y las capturas a tres direcciones de correo electrónico distintas. Al de su mejor amiga, Sofía. Al de su abuela materna, que vivía en Querétaro. Y al suyo propio.
Si algo le pasaba a su celular, las pruebas sobrevivirían.
Segundo: posición.
Colocó su teléfono sobre la repisa del pasillo, con la cámara trasera apuntando hacia la sala. Activó la grabación en segundo plano.
Tercero: el bolso.
No lo tocó. Pero tomó una fotografía más, esta vez con la pantalla del microondas visible al fondo, marcando las 3:42. Prueba de que la pulsera ya estaba ahí antes de que su madre llegara.
A las 3:48, escuchó el elevador.
Pasos en el pasillo.
La llave girando en la cerradura.
Daniela se sentó en el sofá de la sala, con una manta sobre las piernas y una taza de té frío en la mano. Fingiendo que seguía enferma. Fingiendo que no sabía nada.
La puerta se abrió.
Mariana entró primero.
Con su uniforme de administradora, el cabello recogido, las ojeras de quien lleva doce horas trabajando. Pero sonriendo.
—Mi amor, ¿cómo sigues? —preguntó, dejando las llaves en la mesa.
Detrás de ella, Óscar.
Más delgado de lo que Daniela recordaba. Más canoso. Con una camisa que parecía nueva y una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Hola, hija —dijo.
Daniela sintió náuseas.
No por el estómago.
Por la rabia.
—Hola, papá —respondió, con la voz más neutra que pudo—. ¿Qué haces aquí?
—Tu mamá me dijo que estabas enferma. Quería verte.
Mentira.
Daniela lo sabía.
Pero asintió.
Mariana fue a la cocina.