Aquella frase le dolió.
Alejandro volvió a mirar el departamento.
El refrigerador viejo.
La máquina de coser.
La cama improvisada.
Y comprendió algo todavía peor.
Había llegado a cobrar dinero que quizá Mariana ya había pagado.
—¿Y por qué dejó de pagar después?
Mariana guardó silencio.
Lucía miró a su madre.
—Puedes decirle.
—Lucía…
—Él ya vio el papel.
Alejandro esperó.
Finalmente Mariana se sentó.
—Porque me enfermé.
No dio detalles innecesarios.
Solo explicó que llevaba meses siguiendo un tratamiento y que algunos días no podía trabajar en el pequeño taller donde hacía arreglos de ropa.
Los gastos comenzaron a acumularse.
Medicamentos.
Consultas.
Comida.
Transporte.
Entonces recibió una segunda notificación.
Esta vez, ya no le pedían ponerse al corriente.
Le ofrecían dinero para abandonar el departamento.
—¿Cuánto?
—$25,000 pesos.
Alejandro frunció el ceño.
Era una cantidad demasiado pequeña para compensar una salida apresurada, pero suficiente para tentar a alguien desesperado.
—¿Quién hizo la oferta?
—Roberto.
—¿Vino personalmente?
—Dos veces.
Eso cambió todo.
Alejandro sacó su teléfono.
—Voy a llamarlo.
Mariana le sujetó la muñeca.
—No.
Alejandro la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque todavía no ha visto lo peor.
La habitación quedó en silencio.
Mariana sacó otra hoja de la carpeta.
Era una impresión de un anuncio inmobiliario.
Fotografías de departamentos remodelados.
Pisos nuevos.
Cocinas modernas.
Terrazas.
En la parte superior se leía el nombre de un proyecto:
“Residencias Alameda Centro”.
Alejandro conocía ese nombre.
Pero no aquella dirección.
Revisó los datos.
Sintió que la sangre se le iba del rostro.
Era su edificio.
El mismo donde estaban sentados.
—Esto todavía no existe —murmuró.
—En internet sí.
Alejandro tomó su teléfono y buscó el desarrollo.
Ahí estaba.
“Próxima preventa.”
Departamentos desde $3.8 millones de pesos.
Entrega estimada el año siguiente.
Había incluso renders de cómo quedaría el edificio renovado.
Y un botón para solicitar información.
—¿Quién está vendiendo esto?
Mariana señaló la parte inferior.
Una empresa llamada RS Desarrollos.
Alejandro conocía esas iniciales.
Roberto Salgado.
Se puso de pie tan rápido que la silla raspó el piso.
—No puede ser.
Pero mientras más miraba, peor se volvía.
Su edificio estaba siendo anunciado como un proyecto futuro sin su autorización.
Alguien estaba intentando vaciarlo.
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