Poco después de que apareciera la notificación en la pantalla, mi dispositivo comenzó a vibrar de forma continua: era una llamada de un gestor de cuentas de alto nivel.
—Señora Penelopey, hemos detectado varios intentos fallidos de inicio de sesión desde una dirección de red desconocida —me informó el representante con preocupación.
Permanecí inmóvil en mi escritorio mientras seguía mentalmente aquel rastro digital, que conducía directamente hasta Marcus y su despacho de abogados en el centro de la ciudad.
—Dejen la cuenta operativa, tal cual está. Ya sé quién está detrás de esto; yo misma me encargaré —respondí con calma antes de colgar.
Este intento descarado de vulnerar mis defensas financieras confirmó mis peores sospechas sobre el fraude que estaban tramando.
Aquella intrusión digital no fue, ni mucho menos, la única señal de alarma que surgió durante aquellas semanas tan estresantes.