Dejarles creer que me habían superado en astucia era la única estrategia viable para atraer, de forma segura, a los peces gordos que movían los hilos desde las sombras.
Recopilé pacientemente pruebas digitales para incriminar a mamá, papá, Fiona y a su abogado corrupto.
Exactamente 72 horas antes de aquella fatídica noche en la que fui arrestado, comencé a ejecutar las etapas finales de mi contraataque.
La situación que se avecinaba no era la brillante trampa que mi traicionera familia creía haber tendido para provocar mi caída.
En realidad, se trataba de una emboscada minuciosamente calculada, diseñada por mí para obligarlos a pasar a la acción y cometer un delito federal claramente documentado.
Necesitaban un empujón decisivo para cruzar, finalmente, la línea legal: pasar de planear una conspiración financiera teórica a ejecutar, de facto, un esquema de extorsión ilegal.