La vida seguía.
—Ahora voy a vivir —contesté.
Con el tiempo, comprendí que tener 64 años no significaba que mi historia de amor hubiera terminado, ni que tuviera que conformarme con la soledad por miedo a volver a equivocarme.
Significaba que aún podía tomar decisiones.
Podía decir que no.
Podía exigir honestidad.
Podía enamorarme de nuevo algún día, si así lo deseaba.
Y también podía elegir estar sola sin sentir que había fracasado.
Nunca recibí todas las respuestas que había esperado. La investigación debía determinar qué había ocurrido exactamente, qué sustancia se había encontrado en aquella bebida y si existía una conexión demostrable con los documentos financieros.
Pero ya no necesitaba inventar respuestas para justificar mi miedo.
Tenía derecho a protegerme mientras la verdad salía a la luz.
Una mañana, varios meses después de aquella primera visita al laboratorio, preparé mi propia taza de té.