Hacia mí.
Sentí que el corazón
me golpeaba con tanta fuerza que tuve que sujetarme al respaldo del asiento.
¿Qué había hecho?
¿Había algo mal en mi vestido?
¿Se había molestado porque me había sentado demasiado atrás?
¿Quería pedirme que saliera para no aparecer en las fotografías?
Me levanté despacio.
—Lara, hija, ¿ocurre algo?
Ella llegó frente a mí y se quedó mirándome.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mis manos y, finalmente, el vestido verde.
Entonces se llevó ambas manos a la boca.
Y empezó a llorar.
No eran lágrimas discretas ni una emoción contenida.
Lloraba
como alguien que acaba de encontrar algo que llevaba muchísimo tiempo buscando.
—No puede ser… —susurró.
Yo sentí que las piernas me temblaban.
—¿Qué sucede, mi niña?