—Era una broma.
—No sonaba como una.
—Mi mamá habla así.
—Y tú te reíste.
Diego cambió de estrategia.
—Bueno, está bien. Fue de mal gusto. Cuando regresemos lo hablamos. Pero necesito que al menos nos ayudes con los gastos de estos días.
Valeria cerró los ojos un instante.
Ni siquiera ahora lograba separar una conversación de la otra.
La disculpa y la petición de dinero venían en la misma frase.
—No.
—Valeria, no tenemos suficiente efectivo para todo lo que Karla reservó.
—Entonces cancelen lo que no puedan pagar.
—Ya hay cosas apartadas.
—Ustedes las apartaron.
—Pensando que tú ibas a cubrirlas.
—Exactamente.
Diego volvió a subir la voz.
—¿Ves? Por eso te digo que esto parece un castigo.
—No es un castigo. Es la consecuencia de que gastaras mi dinero sin preguntarme.
Esa vez él no tuvo una respuesta rápida.
Valeria escuchó ruido del otro lado.