Diego siempre decía.
Ahí apareció otra pieza.
La expectativa de doña Carmen y Karla no había nacido únicamente de ellas.
Durante meses, quizá años, Diego había construido una versión de Valeria frente a su familia.
La mujer a la que le iba bien.
La que podía pagar.
La que nunca tenía problemas de dinero.
La que solucionaba una medicina, una reparación o un regalo sin pedir nada a cambio.
Cada gesto que Valeria había hecho por cariño se había convertido, poco a poco, en una obligación esperada.
Y Diego había permitido que sucediera porque esa generosidad también lo hacía quedar bien a él.
Cuando Valeria se lo dijo, no pudo negarlo.
—Me gustaba poder decir que yo lo resolvía —admitió.
—Aunque lo resolviera yo.
—Sí.
Esa confesión dolió más que algunas de las discusiones.