Capítulo 2: La carta que mi hermana nunca se atrevió a enviar

Dos semanas después, viajé a Carolina del Norte para conocer a Daniel.

Nos encontramos en un pequeño restaurante cerca de su casa.

Cuando entré, se levantó de inmediato.

Era un hombre alto, de cabello plateado y ojos cansados.

Me observó durante varios segundos.

—Tienes los ojos de tu madre —dijo.

No supe qué contestar.

Se acercó despacio, sin intentar abrazarme hasta que yo di el primer paso.

Nos sentamos y hablamos durante horas.

Me contó cómo había conocido a Laura, cómo había intentado encontrarla y cómo había vivido creyendo que yo había muerto.

No le pedí que ocupara el lugar de mi madre ni que reparara una infancia que ya había terminado.

Solo le pedí que, si quería formar parte de mi vida, empezáramos por conocernos.

—Eso es todo lo que quiero —respondió.

Antes de despedirnos, me entregó una fotografía antigua.

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