Vivía en la misma vivienda cerca del lago donde me había refugiado a los trece años. El porche seguía teniendo las mismas sillas blancas y el viejo árbol junto al camino había crecido tanto que sus ramas cubrían parte del tejado.
Cuando entré, me esperaba con una caja de cartón sobre la mesa.
—He guardado esto durante todos estos años —me explicó.
Dentro había fotografías de mi infancia, mis antiguos boletines escolares y algunos documentos que había conseguido conservar.
Encontré una copia de la solicitud de custodia de emergencia.
La fecha era la misma semana en que mi padre me abandonó.
Pero había algo que nunca había visto.
Una anotación de la trabajadora social decía:
«El menor manifiesta temor a regresar al domicilio paterno y expresa preocupación por documentos financieros que su padre le pidió firmar».